Publicado el 23/06/2025 por Administrador
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Desde Jerusalén, los analistas militares comienzan a notar un patrón inusual en la forma en que Irán está atacando a Israel: ya no se trata de lanzar cientos de misiles en un corto lapso, sino de espaciar los ataques, con menos proyectiles pero durante más tiempo. Esta evolución en el conflicto sugiere una estrategia de desgaste calculada por parte de Teherán.
Durante los primeros días del actual enfrentamiento, Irán sorprendió al mundo con una lluvia de hasta 200 misiles en una sola noche, buscando abrumar el escudo antimisiles israelí y enviar un mensaje de poder. Sin embargo, los ataques más recientes muestran un enfoque distinto: salvas más reducidas, en intervalos prolongados y dirigidas a múltiples puntos sin causar daños masivos.
Este lunes, por ejemplo, las alertas de defensa civil en Jerusalén y otras ciudades sonaron de forma intermitente durante más de media hora, mientras Irán lanzaba apenas 15 misiles en oleadas espaciadas. Si bien la mayoría fueron interceptados, la población vivió un periodo prolongado de tensión, encerrada en refugios sin saber cuándo sería seguro salir.
Fuentes de inteligencia israelíes aseguran que esta nueva táctica tiene varios objetivos. En primer lugar, agotar la capacidad de respuesta del sistema defensivo. Cada misil interceptado implica el uso de costosos proyectiles de defensa como los del sistema Iron Dome o los Patriot estadounidenses. Al espaciar los ataques, Irán obliga a Israel a mantenerse en alerta constante, con un alto desgaste operativo.
En segundo lugar, Irán conserva sus arsenales. En lugar de lanzar sus misiles más potentes en una única ofensiva que podría generar una respuesta demoledora, dosifica su poder de fuego, manteniendo la amenaza viva sin provocar una guerra total. Esto también refuerza su posición política: se mantiene activo en el conflicto sin cruzar una línea que justifique una represalia masiva.
Además, este tipo de ofensiva tiene un impacto psicológico considerable. Las sirenas prolongadas, las interrupciones continuas en la vida cotidiana y la sensación de que el peligro es constante, incluso si el número de misiles es menor, desgastan tanto a la población civil como a las autoridades.
Desde Jerusalén, la evaluación es clara: Irán está apostando por una “guerra de nervios”. El objetivo no es destruir ciudades enteras, sino sembrar el miedo, mantener ocupados a los mandos defensivos israelíes y enviar un mensaje de persistencia. La prolongación de la amenaza erosiona la moral, exige altos recursos logísticos y altera la percepción de seguridad del país.
Por ahora, los ataques iraníes han sido contenidos por los sistemas de defensa. No obstante, los expertos advierten que esta nueva fase del conflicto puede extenderse indefinidamente. Con cada misil lanzado, incluso sin causar muertes, Irán deja claro que tiene la capacidad y la voluntad de sostener la presión.
La comunidad internacional sigue el pulso con atención. La táctica de “menos misiles, más tiempo” podría replicarse por otros actores en conflictos futuros, especialmente cuando el objetivo no sea la destrucción inmediata, sino la erosión paulatina del enemigo.
Israel, por su parte, deberá adaptarse rápidamente a este nuevo ritmo del enfrentamiento. Porque si algo ha demostrado Irán en los últimos días, es que la guerra moderna no siempre se libra con grandes explosiones, sino también con la ansiedad constante de no saber cuándo llegará el próximo misil.